Lecturas Navieras I
La lengua como universo afectivo
“Lecturas Navieras” es un espacio que nació con la idea de conectar con los lectores desde otro lugar y conversar sobre esas cosas que tenemos dando vueltas en el radar. Estamos convencidos de que la literatura es también una forma de viajar, de atravesar el tiempo y crear otros mundos posibles. Nuestra propuesta es recuperar en estas líneas algo de ese espíritu: en cada entrada, recorremos juntos nuevos territorios. Un libro, una entrevista, una película, una canción, son algunas de las cosas que nos gustaría compartirles por acá.
✶✶✶
Esta vez vamos a hablar un poco sobre las traducciones. Para que un libro llegue a sus manos muchísimas personas participan del proceso: editores, correctores, diseñadores, trabajadores gráficos, distribuidores, y en muchos casos también traductores. Esta tarea no solo es importante porque permite que una obra pueda entrar en otro universo de lectores sino también porque abre la pregunta sobre qué significa ese viaje de un idioma a otro. ¿Qué es lo que caracteriza a una lengua? ¿Un sistema de palabras, una gramática, un tono particular, una historia?

Para pensar mejor este tema se nos ocurrió hablar con Claudia Ramón Schwartzman, que tradujo tres de nuestras novelas del francés: Aliène, Lluvia y viento sobre Télumée Milagro y Una presencia ideal. Les compartimos la charla:
Traducir es siempre más que trasladar palabras. ¿Cómo pensás el pasaje de una lengua a otra: como un puente, como una reescritura, como una negociación?
Es todo lo que mencionás y mucho más. Es una experiencia inmersiva en la que el libro con el que trabajás lo coopta todo. Cuando traduje Lluvia y viento sobre Télumée Milagro pasé más de diez meses estudiando el inabarcable refranero de Guadalupe en creole y en francés, historia y geografía, clases de peces, tipos de pesca, canoas de la época, vestimentas, estilos de viviendas, géneros musicales, diferentes modalidades de las llamadas de los tambores, danzas, comidas, vegetación, cambios climáticos, festividades locales, vudú, múltiples formas de vivir la religiosidad. Es una experiencia vital mucho más amplia que trasladar palabras, sin duda.
"Fond-Zombi se extendía, florecía y brillaba, un pequeño viento de prosperidad flotaba sobre el pueblo, los cañaverales se expandían, nuevos campos se despejaban, los bananos se doblaban bajo el peso de sus frutos y los cargadores procedentes de Basse-Terre compraban las cosechas."
Lluvia y viento sobre Télumée Milagro, Simone Schwarz-Bart
La traducción a menudo se entiende como un trabajo “invisible”, pero al mismo tiempo marca profundamente la experiencia de lectura. ¿Cómo convivís con esa presencia en el texto?
Creo que es cada vez menos invisible y que muchos lectores vamos decididos en busca de tal o cual traducción, de un traductor en particular o de las traducciones de nuestras editoriales favoritas. La traducción entendida como una forma de amabilidad, de cortesía, si querés, de parte del traductor, es todo un gesto que invita al lector a entrar, a quedarse. La posibilidad de leer en nuestra propia variedad es invalorable, es similar a la sensación de llegar a casa y encontrarnos con nuestras cosas, nuestros afectos. La lengua es un universo afectivo también.
El filósofo Antoine Berman decía que traducir es “la prueba de lo extranjero”. ¿Qué te enseñó la traducción sobre lo ajeno y también sobre lo propio?
Me cuesta bastante pensar en esos términos, tal vez porque provengo de una familia multicultural y plurilingüística. Y crecí en Boedo, un barrio del sur de la ciudad en el que predominaba la mixtura, podías escuchar hablar en lunfardo, guaraní, italiano, gallego, idish, euskera, árabe… Vivimos en un mundo de migrantes así que prefiero pensar en términos de hospitalidad… a todo nivel, hospitalidad lingüística incluida. No hay mío ni tuyo: el ejercicio de traducir me confirma que la lengua es pertenencia pero también movimiento, préstamo, intercambio, mudanza, exilio, convivencia.
En tu experiencia, ¿qué rol juega la musicalidad de la lengua al traducir literatura?
La lengua es, en gran medida, la materialidad de su sonido así que poder reinventar la musicalidad de ese pequeño gran mundo de la ficción en la que estamos inmersos es, tal vez, la parte más difícil del asunto. Es crear una musicalidad nueva sin perder de vista la que precede a nuestro trabajo. Una suerte de doble lealtad.
Aliène y Lluvia y viento sobre Télumée Milagro fueron lás últimas novelas que tradujiste con Cia. Naviera, ¿qué desafíos y decisiones implicó traer esas voces al castellano?
Lluvia y viento sobre Télumée Milagro fue escrita a partir de la distancia y la evocación. Es una novela hija de su época que, a pesar de que el mundo en el que vio la luz ya no existe, no envejeció. Muchas de sus problemáticas persisten. El colonialismo, la trata de seres humanos, la explotación, la miseria, el hambre, el desprecio por el otro no desaparecieron. La generación de Simone Schwarz-Bart es la generación de las revoluciones africana y latinoamericana, Fanon y Lumumba estaban en el aire. Los personajes de Lluvia y viento fueron creados a partir de gente del archipiélago que Simone conoció o de historias que escuchó y su habla recreada a partir de cierta tradición oral creole pero también de mucha literatura, sobre todo mucha literatura rusa y en idish por la influencia de su compañero, André Schwarz-Bart.
Por otro lado, Simone es una gran lectora de poesía. La literatura siempre viene de la literatura. La riqueza de la novela es tal que tenía pánico de que quedaran cabos sueltos sin decodificar, la proveniencia de algunos materiales, chistes o juegos literarios, sobre todo guiños, porque la novela toda es un gran guiño y un gran homenaje a André y a su descomunal obra El último justo. Telumée es la última justa entre los suyos.
En Aliène, en cambio, el desafío fue recrear una lengua joven atravesada por las urgencias que plantea nuestro presente. En Aliène abunda la lengua del miedo, de la revuelta callejera, de la represión policial, de las drogas, del duermevela, es una novela de hoy sobre las heridas irreparables que deja la represión policial en sus víctimas y sobre las derivas de sus existencias después de los fracasos colectivos. Aliène se detiene en esos fracasos y en cómo pueden transformarse en dispositivos para crear fascistas. Es una novela que nos atañe. Y la lengua de sus personajes es producto de esos ingredientes. Pero también es una reflexión sobre las nuevas maneras de vincularnos con lo animal y con nuestro entorno, para pensar cómo encaramos la vida como especie en relación con otras y qué responsabilidades tenemos respecto de nuestro planeta.
Notas a bordo
En la novela de Phoebe Hadjimarkos Clarke, Claudia nos deja una nota al pie:
“Aliène se corresponde con la forma conjugada del verbo aliéner (alienar) en la primera y la tercera persona del presente del indicativo y del subjuntivo, que se traduciría como "alieno/aliena" y "aliene". Mientras que el término para "alienado" es aliéné. El neologismo aliène juega con una posible forma femenina de alien, el sentido de enajenación y a la vez de extrañeza respecto del mundo. (N. de la T.)”.
¡Nos vemos la próxima!

