Lecturas Navieras II. Plantas carnívoras, terror y distopía.

Lecturas Navieras II

Plantas carnívoras, terror y distopía: cuando la naturaleza toma la palabra

¿Qué lugar ocupa el mundo vegetal en la literatura y en el arte? Esta pregunta nace de una inquietud, observamos que últimamente parece haber un interés cada vez mayor en pensar la naturaleza no como mero escenario de la acción humana sino como protagonista de las narraciones, especialmente en las ficciones que imaginan escenarios distópicos o futuristas cruzados por las preocupaciones ambientales del presente.
Sin embargo, esto no es tan nuevo. El reino vegetal tuvo un lugar especial en la literatura y en el cine bajo la forma de una presencia extraña, misteriosa y por momentos terrorífica. Allá vamos.

 

 

Horror y plantas carnívoras

La época victoriana, hacia fines del siglo XIX, cultivó una enorme fascinación por la idea de un mundo botánico siniestro y amenazante. La fantasía de las plantas depredadoras se nutrió de los descubrimientos de Darwin en Plantas insectívoras e imaginó un mundo natural que acecha desde lo desconocido. La naturaleza, asociada a territorios lejanos y exóticos, aparece en el corazón de la sociedad europea y encarna la idea de una presencia tan hipnótica como letal. En la literatura, las plantas carnívoras entraron en el terreno del gótico y se volvieron personajes monstruosos capaces de provocar el terror de los humanos.

H. G. Wells, el autor de La guerra de los mundos, fue uno de los padres de la novela científica y uno de los primeros en incorporar a la ficción temas como invasiones extraterrestres, viajes en el tiempo y ciudades distópicas. En 1894 publicó el cuento La floración de la extraña orquídea, el primero en mezclar botánica y ciencia ficción. La historia va así: un inglés coleccionista de orquídeas compra un espécimen nuevo y se lo lleva a la casa, donde descubre que la planta tiene otras intenciones: alimentarse de carne humana; en un fragmento escalofriante se lee:

“Él estaba tumbado con la cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su barbilla, cuello y manos. No lo entendió. Después vio que por debajo de uno de los exultantes tentáculos sobre la mejilla corría un hilillo de sangre”.

Algo parecido ocurre en la película de Roger Corman de 1960, La tienda de los horrores. Seymour trabaja en una floristería en Los Ángeles y está a punto de ser despedido hasta que encuentra una planta misteriosa, a la que llamará Audrey, que logrará atraer clientes nuevos. Rápidamente descubre que se trata de una planta carnívora que necesita sangre humana para mantenerse viva. A medida que crece, empieza a hablar y a pedir cada vez más. El protagonista comienza a matar gente para intentar saciar el hambre de la criatura hasta que en un momento se vuelve imposible. No vamos a spoilear lo que sigue, pero acá van unas imágenes de esta gran película filmada en dos días con un presupuesto casi inexistente:


Volvamos al presente. Con la crisis ambiental y la dificultad de inventar futuros posibles, esta idea de una naturaleza que se rebela encuentra un eco potente en las distopías contemporáneas, donde aparece cada vez más el concepto del Antropoceno. Este término, acuñado a principios del 2000, designa una nueva era geológica marcada por la influencia de la actividad humana sobre el planeta. Es también el título del cuento de Edis Henrique Peres que abre Otras Formas de Ser Humano, una antología de relatos que editamos el año pasado, donde diez escritores iberoamericanos imaginan escenarios donde confluyen la aceleración tecnológica y la incertidumbre del presente. 

En “Antropoceno”, el futuro presenta una tierra arrasada, donde lo último que queda de naturaleza está resguardado en una Reserva conectada a los circuitos de información de un laboratorio. La vegetación, constantemente monitoreada, podría ser la llave para revertir la situación del planeta y garantizar la continuidad de la vida. Sin embargo, todo este ecosistema comienza a desarrollar una capacidad cada vez mayor de evadir los protocolos científicos y sobreponerse para alcanzar sus propios objetivos. Si su tarea es avanzar contra todo aquello que amenace la supervivencia de la flora y la fauna, ¿hasta dónde puede llegar para lograrlo? Esta tensión alcanza su punto máximo cuando la propia conciencia narrativa de la historia se funde con la vegetación:

“Me di cuenta de que estoy en todas partes, pero soy esta cosa acá, guardada y enredada en cables, este ser un poco deforme, conectado a la tierra, abrazado a los árboles más antiguos de la Reserva, conectado a los troncos, pulsando energía y retroalimentándome con la vegetación. Ella me llama Proyecto Tupã”.

Para leer el cuento hacé click acá

Desde las orquídeas voraces del terror gótico hasta las distopías ecológicas del presente, el reino vegetal sigue suscitando toda clase de fantasías y desafiando nuestra imaginación. Gracias por llegar hasta acá.

¡Nos vemos la próxima!