Lecturas Navieras III. Pueblos, memoria y relatos de viaje

Lecturas Navieras III

Pueblos, memoria y relatos de viaje

Hola, ¿cómo están?
En esta nueva entrega de Lecturas Navieras teníamos ganas de pensar un poco alrededor de los viajes y los espacios que habitamos a través de los relatos, los propios pero también los que se transmiten a través de la memoria familiar, los que le dan forma a la infancia y los que dibujan un mapa que se va superponiendo con la geografía. Lugares de refugio, de retiro pero también, por qué no, de pequeñas aventuras.
Allá vamos.
 
 

Historias de viaje

Hace tiempo, en una conferencia que puede leerse acá, Ricardo Piglia proponía pensar la narración como una manera de organizar la experiencia y armar comunidad. Somos constantemente convocados a narrar: nos contamos historias, los unos a los otros, y en ese movimiento lo que intentamos transmitir es, por sobre todas las cosas, la emoción que esas imágenes despiertan en nosotros. Reconstruimos una realidad que está ausente, organizamos el recuerdo y le damos forma a los lugares que habitamos; por eso tal vez el viaje sea una de las tantas maneras de dar inicio al relato.
 
En Transradio, la novela de Maru Leonhard, Isabel vuelve a la casa de su infancia tras una pérdida. En el medio del duelo, el viaje abre la posibilidad de huir hacia el pasado, y el entorno rural, el paisaje vacío, comienza a tomar cuerpo a medida que se puebla con los recuerdos de otro tiempo: vecinos que tocan la puerta, habitaciones que devuelven escenas de la vida familiar, fantasmas que aparecen para avivar la memoria.
(Pueden leer el primer capítulo del libro acá).
 
“Mi momento preferido de la semana era los sábados a la mañana, cuando estábamos en casa y entre los tres teníamos que limpiar. A mí me tocaba pasarle la franela a los muebles y a todos los adornitos. Lo hacía bien y con alegría, pero sobre todo lo hacía rápido, quería estar libre para cuando mamá baldeara adelante. Me sentaba en el marco de la puerta y pasaba minutos mirando el sol reflejado en los baldosones, me gustaban los brillitos que se formaban y cómo el agua iba desapareciendo a medida que se secaba”.
 
Ni campo, ni pueblo, ni ciudad, Transradio es un híbrido que se extiende al costado de la ruta a una distancia de apenas setenta kilómetros de la capital, es lejos pero no tanto, lo suficiente para volver a empezar. Lo que transforma esas pocas manzanas en un espacio donde puede avanzar la historia son las anécdotas que circulan entre los personajes y las pequeñas aventuras que nacen en el encuentro con los otros.
 
En La invención de lo cotidiano, Michael De Certeau habla de cómo los relatos atraviesan los lugares y hacen de ellos espacios vivos, marcados por las experiencias de las personas que los habitan y los imaginan. Los viajes que emprendemos y las historias que contamos van tejiendo un mapa: pueblos, rutas y parajes forman una geografía de los afectos. Algo de esto, y en el mes en el que estamos, nos hace pensar en Balnearios (2002), el primer film del director argentino Mariano Llinás. Bajo la forma del falso documental, nos lleva a lo largo de cuatro episodios por distintos balnearios, enclaves que concentran las fantasías del veraneante y durante el resto del año se vuelven paisajes espectrales, casi oníricos, que vuelven a encenderse a través de la evocación emotiva de aquel que rememora.
 
“Los balnearios surgieron como un juego. Los inventó un siglo que todavía jugaba,
que todavía era un niño. Es por eso que pensar en los balnearios es siempre pensar
en la infancia. En la infancia del siglo, en la infancia del país, y también en la propia.
En la felicidad simple y diáfana, en tiempos que evocamos como exaltados y brillantes”.
 
 
Si no vieron la película, tal vez sea un gran momento para hacerlo. Está disponible de manera gratuita en Youtube y también en CineAr.
 
Esperamos que les haya gustado este recorrido y que algunas de las recomendaciones les hagan compañía en estos días.
 
¡Nos vemos la próxima!